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Preparate para cambiar

Durante casi veinte años hice prácticamente lo mismo. Corría cuatro, cinco días por semana. Algunas salidas largas, otras cortas, un poco de variación de ritmo. Pero siempre correr. Hace cuatro años descubrí el entrenamiento de fuerza y algo cambió. Incorporé pesas, trabajo de movilidad, ejercicios funcionales. Empecé a mover el cuerpo de formas que no había hecho en décadas. Y la diferencia fue evidente: menos dolores, mejor postura, más capacidad. No solo corriendo, en todo. Creí que con eso alcanzaba. Que tenía la fórmula: cardio más fuerza, constancia, descanso. Que si hacía esas dos cosas bien, estaba cubriendo todo lo necesario. Hasta que la semana pasada leí un estudio que me hizo replantear esa suposición.

En enero de 2026, investigadores de la Harvard T.H. Chan School of Public Health publicaron en BMJ Medicine los resultados de un estudio que siguió durante 30 años a más de 111 mil adultos, una muestra enorme, un seguimiento rarísimo por su extensión. El objetivo era entender la relación entre el tipo de ejercicio y la mortalidad.

Lo que ya sabíamos es que hacer ejercicio reduce el riesgo de muerte prematura. Eso está bien documentado desde hace décadas. Lo nuevo que aportó este estudio es la pregunta sobre la variedad: ¿importa hacer distintos tipos de actividad, o sólo importa el tiempo total?

La respuesta fue clara: las personas con mayor variedad de tipos de ejercicio tenían un 19% menos de riesgo de muerte prematura comparadas con las que hacían menor variedad. Y el hallazgo más llamativo es que esto se mantuvo incluso cuando se controló por el tiempo total de actividad física. En otras palabras, no se trataba de hacer más ejercicio. Se trataba de hacer tipos diferentes. Las personas que combinaban caminar, levantar pesas, nadar, andar en bicicleta, hacer yoga, hacer jardinería o practicar algún deporte recreativo vivían más que quienes hacían la misma cantidad total de ejercicio pero siempre del mismo tipo.

Por qué el cuerpo pide variedad

La lógica biológica detrás de este hallazgo tiene sentido cuando la pensás un momento. El cuerpo se adapta a los estímulos que recibe. Si corrés siempre, el sistema cardiovascular mejora, las piernas se acondicionan, la eficiencia energética aumenta. Todo eso es excelente. Pero los sistemas que no usás no mejoran, y algunos incluso se deterioran.

La fuerza muscular requiere estímulos distintos al cardio. El equilibrio y la coordinación requieren movimientos distintos a los de correr en línea recta. La movilidad articular necesita rangos de movimiento que muchos ejercicios convencionales no exigen. La potencia muscular, la velocidad con la que generás fuerza, se trabaja con ejercicios explosivos que ni el trote ni el levantamiento lento tocan de la misma manera.

Cada tipo de movimiento activa diferentes cadenas musculares, diferentes patrones neurológicos, diferentes sistemas de energía. La combinación de todos ellos parece producir un efecto protector que ninguno por separado puede replicar por completo.

No es magia, es que el cuerpo humano está diseñado para moverse de muchas maneras distintas. Durante miles de años, nuestros antepasados caminaban, corrían, nadaban, trepaban, cargaban, se agachaban, saltaban. El movimiento humano natural es, por definición, variado. Lo que hacemos hoy, cuando logramos extraernos de la atracción irrefrenable de las pantallas, es poca cosa. Ser personas activas es otra cosa.

Lo que cambié cuando leí esto

Cuando me puse a revisar mi propia rutina a la luz de este estudio, me di cuenta de que seguía siendo bastante monótona en algunos aspectos. Corría y entrenaba fuerza, eso sí. Pero no nado en un barrio en el que abundan las piletas. No hago casi nada de trabajo de equilibrio real más allá de algún ocasional ejercicio de movilidad. No practico ningún deporte que trabaje la coordinación ojos-manos y los cambios de dirección de forma distinta al entrenamiento lineal. Tampoco hago yoga ni pilates, aunque sé que ayudan a aspectos del movimiento que el entrenamiento de fuerza convencional no cubre. Y así fue que me acordé de mi bici, apoyada en un rincón juntando mugre.

Al día siguiente me puse el casco, luego de pasarle un trapo para remover el polvo, y me subí a la bicicleta. Fue una inesperada sorpresa, la pasé genial. Toda mi vida anduve en bicicleta. Si tengo que pensar en mi infancia, una de las primeras imágenes que me viene soy yo con una bici. Anduve una hora por el parque cerca de casa, a una velocidad tranquila, volví a casa totalmente renovado, con ganas de más. Desde entonces salgo 3 veces por semana, algunas de estas salidas incluso reemplazan algún trote.

El estudio de Harvard no dice que tenés que hacer todo a la vez ni que necesitás horas adicionales. Dice que dentro del tiempo que ya dedicás al movimiento, la diversidad agrega valor por encima de la acumulación. Cambiar una sesión de trote por una clase de yoga. Agregar una caminata larga en la naturaleza al mes. Aprender a nadar si no sabés. Probar la bicicleta si siempre fuiste corredor. Volver a jugar al tenis o al fútbol recreativo si lo dejaste hace años. Ninguna de estas cosas requiere más tiempo. Requiere disposición a salir de lo conocido.

El cuerpo aprecia la sorpresa

Hay algo que la ciencia del movimiento viene mostrando con cada vez más claridad: el cuerpo no solo responde a la carga. Responde a la novedad. Cuando hacés un movimiento nuevo, el sistema nervioso trabaja más. Hay más reclutamiento muscular, más coordinación, más atención cortical. El cerebro también está activo de formas que el movimiento automatizado no exige.

Esto tiene consecuencias que van más allá del rendimiento físico: estudios sobre cognición y envejecimiento muestran que aprender nuevos patrones de movimiento activa funciones cerebrales que el ejercicio rutinario no toca de la misma manera. Moverse de formas distintas es, entre muchas otras cosas, estimular el cerebro de formas distintas

Una pregunta para hacerte

Pensá en los últimos seis meses de movimiento. ¿Cuántos tipos distintos de actividad física hiciste? ¿Cuántos de esos tipos practicás con cierta regularidad? No te pregunto para hacerte sentir que falta algo. Te pregunto porque la respuesta puede abrirte una puerta que quizás ni sabías que estaba ahí.

Puede que haya una actividad que dejaste de hacer y que extrañás. Puede que haya algo que siempre quisiste probar y nunca encontraste la justificación suficiente. O quizás simplemente nunca te habías preguntado si hacer siempre lo mismo era suficiente. La evidencia dice que probablemente no lo es. Y que agregar variedad no te va a costar más tiempo del que ya le dedicás al movimiento. Solo te va a costar animarte a hacer algo distinto.

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