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Lo que pensás te construye

En 2020 me lesioné. Tenía 52 años, casi dos décadas de carreras encima, y de pronto el cuerpo me dijo que algo había estado haciendo mal y que tal vez ya no podría hacer lo que más me gustaba. Lo que vino después, la recuperación, la revelación de los efectos del entrenamiento de fuerza, el proceso de entender que era posible construir músculo y calidad de vida a esa edad, todo eso cambió por completo lo que pensaba sobre mí mismo. Pero hay algo que recién ahora estoy terminando de procesar: la parte más importante de ese cambio no fue lo que hice. Fue lo que dejé de creer. Antes de lesionarme, yo creía, aunque aún no lo hubiera dicho en voz alta, que a cierta edad el cuerpo empieza a declinar. Que hay cosas que son “para los jóvenes”. Que la fuerza se pierde con los años de forma inevitable, y que lo más sensato era adaptarse a eso. Eso era una creencia. No un hecho. Y esa creencia estaba moldeando mis decisiones, lo que intentaba, lo que evitaba, cuánto me esforzaba, de una manera que yo ni imaginaba.

Algo de todo esto volvió a mí cuando pude ver en estos días la increíble entrevista que le hizo en su canal de YouTube Rangan Chatterjee a Nir Eyal, un científico israelí, especialista en ingeniería del comportamiento humano, una actividad que hoy es la madre de la mayoría de las industrias vinculadas a cómo tomamos decisiones. Vale la pena dedicarle un rato y escucharla con atención, tenemos mucho por aprender y seguir desaprendiendo.

Más años de vida

Hay un estudio que me sorprendió cuando lo leí. Lo realizó la investigadora Becca Levy y su equipo en la Universidad de Yale. Siguieron a personas desde sus 30 años hasta su muerte y midieron sus actitudes hacia el envejecimiento. Las personas con una visión positiva, que creían que el crecimiento era posible a cualquier edad, que los años podían sumar capacidad además de quitarla, vivieron en promedio 7 años y medio más que quienes tenían una visión negativa del envejecimiento. Siete años y medio es un montón. Para poner ese número en perspectiva: ese efecto es mayor que el de la dieta. Mayor que el del ejercicio regular. Mayor que el de dejar de fumar. Cuando lo leí por primera vez, mi reacción inmediata fue el escepticismo. Porque suena al tipo de afirmación que circula con un trasfondo vago de “pensamiento positivo” que no me convence. Pero el mecanismo no tiene nada de mágico. Y es exactamente eso lo que lo hace convincente.

Creencias comportamiento biología

Las creencias no cambian la biología directamente. No es que “vibrar en alta frecuencia” regenere los tejidos ni que pensar en positivo disuelva el colesterol. El mecanismo es más concreto, y por eso resulta más sólido. Lo que hacen las creencias es cambiar los comportamientos. Y los comportamientos, acumulados en el tiempo, cambian la biología. Ahí está la clave que te transforma. Creer en algo te hace actuar en consecuencia.

Las personas que creen que el crecimiento es posible a cualquier edad se comportan diferente cuando tienen una pequeña molestia en la rodilla. En lugar de quedarse en el sofá porque “qué se le va a hacer, ya tengo cierta edad”, van igual a caminar con un amigo. Van igual al gimnasio, aunque ajustan la carga. Cuidan un cuerpo que sienten que vale la pena cuidar. Las personas que creen que el declive es inevitable hacen exactamente lo contrario. No de forma consciente. Es que la creencia opera antes del pensamiento consciente

Hay un experimento que ilustra bien este mecanismo. Dos grupos de hombres hacen el mismo programa de ejercicios. Al primer grupo le dicen que además del entrenamiento van a tomar un esteroide anabólico sin efectos secundarios, parte de un estudio clínico. Al segundo grupo, solo el entrenamiento. La pastilla era un placebo, no había ningún esteroide. El resultado mostró que el grupo que creyó que estaba tomando esteroides ganó más músculo y más fuerza que el que no lo creía. Lógicamente, el placebo no construyó músculo, lo que pasó es que quienes esperaban ponerse más fuertes pusieron un poco más de esfuerzo en cada serie. Completaron una repetición más, probaron con un kilo más de en sus mancuernas. Esas diferencias pequeñas, acumuladas a lo largo de semanas, producen resultados reales.

No te rindas

En los años 50, el biólogo Curt Richter hizo un experimento que hoy no podría repetirse (era otra época con otros estándares éticos) pero cuyas conclusiones siguen siendo perturbadoras. Puso ratas silvestres en cilindros de agua y midió cuánto tiempo nadaban antes de rendirse. El promedio fue de 15 minutos. Luego repitió el experimento con un cambio: antes de que la rata llegara al punto de agotamiento, la sacaba del agua, la secaba, le daba unos minutos para recuperarse, y la volvía a meter en el cilindro. ¿Cuánto tiempo nadaron las ratas después de ese gesto? Sesenta horas. Dos días y medio nadando hasta el agotamiento real. ¿Qué cambió? No fue la fisiología, el cuerpo de las ratas era exactamente el mismo. Lo único que cambió fue algo en su cabeza: la posibilidad de que el esfuerzo valiera la pena. La existencia de una razón para seguir. Y eso multiplicó por 240 su capacidad de perseverar. El potencial siempre estuvo ahí. Las ratas que se rindieron a los 15 minutos no llegaron a su límite real. Lo que llegó a su límite fue su creencia de que tenía sentido seguir.

La creencia limitante más común sobre el envejecimiento

La investigación de Levy distingue entre dos tipos de creencias sobre envejecer.

 

  • Limitante: el envejecimiento implica un declive inevitable.

– “Ya no soy lo que era.”

– “A esta edad, el cuerpo falla.”

– “Hay cosas para las que ya pasó mi momento.”

 

  • Liberadora: el crecimiento es posible a cualquier edad.

– “Estoy aprendiendo cómo funciona mejor mi cuerpo ahora.”

– “Mis mejores marcas pueden estar adelante.”

– “Llegué hasta acá entero. Puedo seguir construyendo.”

 

La creencia limitante no es malicia ni pesimismo voluntario. El cerebro la produce como mecanismo de protección: si no esperás nada, no te decepcionás. Si no intentás, no fallás. Es la misma lógica que hacía que las ratas se rindieran a los 15 minutos. El problema es que cuando esa creencia opera como filtro, ves el mundo a través de ella. Un dolor de rodilla confirma el declive. Un día de cansancio confirma que ya no podés. Un esfuerzo que sale mal confirma que era demasiado para vos. Y el cerebro, que siempre busca confirmar lo que ya cree, encuentra la evidencia con facilidad.

Una aclaración necesaria

Esto no es un argumento para ignorar el cuerpo ni para forzarse más allá del sentido común. Las creencias limitantes no son el único problema que enfrentamos. La sarcopenia es real, la masa muscular en adultos inactivos se reduce paulatinamente entre un 3 y un 8% cada década a partir de los 30 años de edad. El deterioro articular existe también, no son creencias. La recuperación lleva más tiempo a los 60 que a los 30. Eso es fisiología, no pesimismo. Lo que dice la evidencia es más preciso: la creencia de que el declive es inevitable y total lleva a comportamientos que aceleran ese declive. La creencia de que el crecimiento es posible lleva a comportamientos que lo hacen más probable. No es magia. Es que quienes creen que pueden seguir mejorando son quienes siguen intentándolo. Y quienes siguen intentándolo son quienes mejoran.

Lo que cambia cuando cambia la creencia

Cuando me recuperé de la lesión y empecé a entrenar de fuerza, lo que cambió primero no fue el cuerpo. Fue la idea de que era posible. Y desde que eso cambió, empecé a ver evidencia de que era posible en todos lados. Personas de 60 levantando pesas. Estudios que mostraban que la sarcopenia se puede revertir a cualquier edad. Mi propia experiencia de semana en semana, levantando un poco más, moviéndome un poco mejor. El entrenamiento, la alimentación, el descanso, todo eso importa. Pero nada de eso funciona si la creencia de fondo es que no vale la pena intentarlo. Las ratas que se rindieron a los 15 minutos no llegaron a su límite real. La pregunta que me hago, y que te dejo a vos, es ésta: ¿en qué área de tu vida te estás rindiendo a los 15 minutos?

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