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¿Qué vas a hacer con tus células zombis?

Hay una forma de inflamación que conocemos bien. La que aparece cuando te torcés el tobillo, cuando te cortás un dedo, cuando el cuerpo pelea contra una infección. Esa inflamación duele, enrojece, se hincha y una vez solucionado el problema desaparece. Hace su trabajo y se va. Es molesta, pero es necesaria. Es la forma que tiene el cuerpo de defenderse y repararse. Pero hay otra inflamación. Una que no duele. Una que no se ve ni se siente en absoluto. Una que puede llevar años, décadas instalada en tu cuerpo sin que vos ni tus médicos la detecten en un control de rutina. Los científicos la llaman inflammaging —una palabra que fusiona “inflammation” (inflamación) y “aging” (envejecimiento) y que describe uno de los mecanismos más importantes que la ciencia ha identificado como motor del envejecimiento. ¿Qué tendrá que ver todo esto con los zombis? Hay una pista que llega hasta un gran éxito de Hollywood de 1995. Y de esa inflamación silenciosa quiero hablarte hoy.

En “Thriller”, los zombis logran contagiar a Michael Jackson y lo convierten en uno de los suyos.

¿Qué es la inflammaging?

El concepto fue acuñado en los años 2000 por Claudio Franceschi, un gerontólogo italiano de la Universidad de Bolonia, a partir de décadas de estudio sobre personas centenarias. La pregunta que lo obsesionaba era: ¿qué tienen en común las personas que llegan a los 100 años en buenas condiciones? Una de las respuestas que encontró fue consistente y sorprendente: niveles muy bajos de inflamación sistémica.

Lo que describe la inflammaging no es una inflamación como las que conocemos. No hay herida, no hay infección, no hay causa puntual. Es una inflamación crónica, de bajo grado, sistémica, que el sistema inmune mantiene encendida de forma permanente a medida que envejecemos. Como una alarma que quedó sonando aunque ya no haya emergencia. Como un motor que nunca termina de apagarse aunque el auto esté estacionado.

Una revisión publicada en Nature en 2025 describe a la inflammaging como uno de los fenómenos centrales del envejecimiento biológico, vinculada a prácticamente todas las enfermedades asociadas a la edad: Alzheimer, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, artritis, sarcopenia, depresión y cáncer. No es que cause cada una de esas enfermedades de forma directa, pero las alimenta, las acelera, las hace más probables y frecuentes.

Claudio Franceschi, gerontólogo italiano, descubridor del efecto inflammaging.

¿De dónde viene la inflamación?

Para entender la inflammaging, hay que conocer a sus principales protagonistas: las células senescentes. A lo largo de la vida, nuestras células se dividen, se desgastan, se arruinan. Cuando el daño es irreparable, el mecanismo normal es que la célula muera y sea eliminada. Pero a veces ese mecanismo falla. La célula no muere. Tampoco se divide. Entra en un estado de suspensión que los investigadores llaman senescencia, y que popularmente se describe como células “zombi”: no están vivas en el sentido funcional, pero tampoco mueren.

El problema es lo que secretan esos zombis. Las células senescentes liberan un cóctel de moléculas proinflamatorias, que daña el tejido circundante y, lo que es más perturbador, puede contagiar a células sanas vecinas convirtiéndolas también en senescentes, igual que los zombis que, cuando te tocan te convierten en uno de los suyos. Un efecto en cadena. Con la edad, estas células se acumulan, es parte de lo que percibimos como el lento envejecimiento de nuestro cuerpo, de nuestras capacidades físicas. El sistema inmune pierde eficiencia para eliminar esas células zombis y la inflamación de fondo sube, lentamente, año tras año, sin síntomas visibles, hasta que empieza a manifestarse como enfermedad. Hay otros factores que alimentan la inflammaging y también son frecuente con el paso de los años: la disfunción mitocondrial, los cambios en el microbioma intestinal (un tema del que les hablé hace pocas semanas), la resistencia a la insulina, y la acumulación de grasa visceral, que funciona como un órgano inflamatorio activo. Desde siempre aprendimos que esto era envejecer, que los años traían estas consecuencias de manera inevitable. Sin embargo ahora sabemos que esto no es así.

¿Por qué importa a partir de los 50?

Acá hay una paradoja interesante. El sistema inmune que desencadena la inflammaging es el mismo que te protege de infecciones y del cáncer. No podemos simplemente “apagarlo”, de hecho tampoco nos convendría hacerlo. Lo que sí podemos hacer es entender qué lo activa innecesariamente y reducir esos factores. A partir de los 50 años, los niveles de marcadores inflamatorios —especialmente la proteína C reactiva (PCR) y la interleuquina 6 (IL-6)— tienden a subir de forma natural. No en todos por igual, y ahí está la clave. Los estudios sobre personas centenarias muestran que las personas que llegan a edades muy avanzadas en buenas condiciones suelen tener niveles de PCR comparables a los de personas de 30 o 40 años. No es que no envejecieron: es que lograron mantener baja la inflammaging.

La buena noticia es que estos marcadores son medibles. La próxima vez que hagas un análisis de sangre, podés pedirle a tu médico la PCR de alta sensibilidad y la interleuquina 6. Son indicadores del nivel de inflamación sistémica, y te dan información que los análisis de rutina habitualmente no incluyen.

Lo que enciende el fuego

Los factores que elevan el inflammaging son, en gran medida, los mismos de los que en general te hablo, los viejos conocidos que nos suelen acompañar y son los sospechosos de siempre. Pero verlos desde esta perspectiva les da otro peso.

 

  • Los ultraprocesados: no solo engordan o suben el colesterol. Contienen aditivos, emulsionantes y grasas trans que activan directamente las vías inflamatorias. El microbioma intestinal, que regula buena parte de la respuesta inmune, responde mal a estos alimentos en cuestión de días.

  • El sedentarismo: permite que las células senescentes se acumulen sin ser “barridas” por el movimiento. El ejercicio, especialmente el de fuerza, tiene efectos antiinflamatorios directos: reduce la IL-6 proinflamatoria a largo plazo, aumenta moléculas antiinflamatorias y contribuye a la eliminación de células dañadas.

  • El sueño insuficiente: eleva la PCR y la IL-6 en cuestión de noches. No es un efecto menor: la privación crónica de sueño mantiene el sistema inmune en estado de alerta innecesaria.

  • El estrés crónico: eleva el cortisol de forma sostenida. Esto, como ya vimos en newsletters anteriores, altera la función inmune y favorece los procesos inflamatorios.

  • La grasa visceral: (que es la que se acumula alrededor de los órganos, no la subcutánea) es uno de los tejidos más activos desde el punto de vista inflamatorio. No es un depósito pasivo: secreta citoquinas proinflamatorias de manera continua.

Aquella gran película de 1995: “Los sospechosos de siempre”. Benicio del Toro, Kevin Spacey, Gabriel Byrne, Pete Postlethwaite y Stephen Baldwin son ultraprocesados, sedentarismo, sueño insuficiente, estrés crónico y grasa visceral.

Lo que apaga el fuego

Más que buscar la pastilla mágica —que no existe, aunque hay investigaciones activas con compuestos que eliminan células senescentes—, los mejores apagafuegos del inflammaging son los hábitos que venimos trabajando

 

  • El ejercicio físico regular, especialmente el entrenamiento de fuerza, es posiblemente la intervención más potente. Actúa en múltiples frentes: reduce células senescentes, mejora la función mitocondrial, modula la respuesta inmune y produce mioquinas antiinflamatorias (moléculas que el músculo secreta cuando se contrae y que protegen órganos y cerebro).

  • La alimentación real —verduras, legumbres, proteína de calidad, grasas buenas, fibra— alimenta a las bacterias intestinales que producen ácidos grasos de cadena corta con propiedades antiinflamatorias.

  • El sueño de calidad, más de 7 horas en la mayoría de los adultos mayores de 50, permite que el cuerpo lleve adelante sus procesos de reparación y limpieza celular, incluyendo la eliminación de residuos inflamatorios.

  • La gestión del estrés —sea meditación, respiración, tiempo en la naturaleza, vínculos sociales— reduce la activación crónica del eje del estrés y sus efectos sobre la inflamación.

El fuego lento que no ves

Cuando uno aprende sobre el inflammaging, le da un significado más profundo a decisiones cotidianas que parecían menores. No es que “la pizza hace mal” de forma abstracta. Es que cada comida ultraprocesada agrega un poco de leña a un fuego que lleva años encendido y que, si se mantiene, daña células, tejidos y órganos de formas que no vamos a sentir hasta que sea demasiado tarde. Y lo que me parece más importante es esto: el inflammaging no es inevitable. Es un proceso biológico que tiene causas identificadas y palancas sobre las cuales podemos actuar. La ciencia de los últimos años ha avanzado enormemente en entender sus mecanismos, y eso nos da herramientas concretas.

 

No hay pastilla. No hay atajo. Pero hay algo mejor: las decisiones que tomás cada día —lo que comés, cuánto dormís, si movés el cuerpo, cómo manejás el estrés— tienen efectos medibles sobre ese fuego silencioso. Lo alimentan o lo apagan. En nuestras decisiones cotidianas, en lo que hacemos y dejamos de hacer cada día está la clave. Vos elegís.

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