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Memoria en movimiento

Cierro los ojos y voy medio siglo para atrás. Despierto un miércoles y mi madre dice que no hay clases, que “los militares dieron por fin el golpe”. Recuerdo perfectamente todo. Bajo a la calle a jugar a la pelota, más tarde dan en directo el partido de la selección contra Polonia, lo único que se televisa ese día. En mi casa se siente un poco de alivio, con apenas 8 años yo ya empiezo a advertir la importancia de ciertos conceptos, como por ejemplo “el orden”. “Los militares vienen a poner orden”, escucho.

Nuestra vida es bastante simple y “ordenada”, vamos a la escuela, al club, cuando no hay nada que hacer jugamos en la calle. Sentimos una enorme libertad y también seguridad. Y sin embargo, también vemos más allá, donde tal vez no deberíamos. Una madrugada se llevan a un vecino de la esquina con tiroteo y escándalo. Al otro día, se oye algún comentario al pasar, parece que nadie ha visto nada. Nunca se supo qué fue del vecino.

Otro día comemos en las mesas de la vereda de una pizzería y el bullicio de la avenida es interrumpido por la frenada de dos Falcon de los que se bajan unos tipos armados. Rodean al que está sentado comiendo en la mesa de al lado, mi hermanito sale corriendo asustado, mi mamá sale detrás de él. El operativo continúa, el hombre no se resiste, lo revisan de arriba a abajo, lo interrogan, lo dejan ahí y se van como llegaron. El miedo de todos es inocultable, nadie se atreve a hablar, nadie se acerca al hombre, que sigue pálido comiendo su pizza en silencio.

Nadie me lo contó, “todo está guardado en la memoria”, como dice León Gieco. Una memoria colectiva que se fue construyendo de a retazos como los que estaban en mi infancia, con pedacitos de escenas atroces de las que muchos fueron testigos, y de las voces de las víctimas que lograron sobrevivir. Y contar el horror.

Y esa memoria se fue armando también con el enorme trabajo, sostenido durante años, de muchas personas y de organizaciones que no buscaron revancha, sino justicia. Entre aquello que nos debe llenar de orgullo sin duda están las Madres y las Abuelas. Más allá de lo que cada quien pueda pensar acerca de las ideologías y de las interpretaciones sobre lo que está mal y lo que está bien, el estado argentino dictó centenares de sentencias en las que se condenó a casi 1200 personas. No fueron excesos, mucho menos errores. Fue un plan sistemático desde el Estado para secuestrar, torturar y matar personas, robar todo lo que pudieran, incluso a sus hijos. E imponer “el orden”, “el silencio”, “la obediencia”. No hace falta que yo lo escriba acá, está descripto por centenares de jueces, fiscales, abogados y fundamentalmente víctimas y testigos. A los 18 años pude presenciar una de las jornadas del Juicio a las Juntas militares, escuché de primera mano testimonios desgarradores. No hay nada para discutir, es algo en lo que muy mayoritariamente hemos logrado ponernos de acuerdo en la Argentina. Nunca Más.

Abro los ojos y veo un mundo convulsionado, aparente preludio de un futuro complejo y ajeno a todo lo que conocemos. Mañana se cumple medio siglo del inicio de esa última dictadura sangrienta. Quedan muchos problemas por resolver. Pero es algo sobre lo que creo que vale la pena reflexionar, algo que salió bien, algo que hicimos bien y que todavía dura. Esa Memoria, que atravesó generaciones, hoy ya es parte de nuestra identidad. Con todas las contradicciones y los temas pendientes (¿en dónde no los hay?), pero es algo sólido que todavía está ahí. Está en nuestra Memoria y en nuestro Inconsciente Colectivo. Hoy desperté cantando esta canción que ya fue escrita hace tiempo atrás y es necesario cantar de nuevo una vez más. Mañana voy a la plaza, como casi siempre. La Memoria se celebra y se sigue construyendo cada día. En movimiento.

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