https://proyectovivemas.net/

El plan que dura

Hace mucho que no te hablo de cómo viene mi propio entrenamiento. Ya entrado el otoño, empieza para mí la temporada de carreras. Como no disfruto del calor, en verano entreno pero no me anoto en carreras, lo que hago entre noviembre y febrero es parte de un plan que siempre tengo apuntado a abril. Y por fin estamos llegando a ese momento. El domingo que viene voy a correr la Fila Face 21K, la primera media maratón de la temporada en Buenos Aires. Como siempre que se acerca el momento de competir (básicamente contra uno mismo, contra las propias limitaciones) se me mezcla la adrenalina de enfrentarme al abismo, a la incertidumbre de aquello de lo que seré capaz de hacer con la sensación algo pesimista que me transmite lentamente el paso del tiempo, la constancia cotidiana de ser el que soy, no el que fui. Un poco por experiencia, otro poco por haber aprendido a controlar mis expectativas y ansiedades, aceptar este que soy es lo que más permite seguir adelante, entrenar todo el verano pensando en una carrera que llegará seis meses adelante como único horizonte lejano, pero alcanzable.

La industria del entrenamiento está construida sobre un modelo de negocio que en general presupone que vas a fallar. Puede ser una exageración, una pequeña provocación que bordea la teoría conspirativa, pero a simple vista parece ser un modelo transparente: te venden un programa que te va a salvar en 30 días, luego una gran mayoría sistemáticamente cae en la trampa, empieza y abandona al poco tiempo, disconforme porque no ve los resultados, ansiosa por retomar su vida anterior con menos exigencias y más permisos. Y así, poco tiempo después, la conciencia vuelve a llamar a la puerta y ya es nuevamente hora de anotarse en otra actividad y comprar más espejitos de colores. El negocio no funciona si la gente resuelve el problema de una vez. Funciona cuando el problema se mantiene. Lo notable es que casi toda la cultura del bienestar reproduce este ciclo. “Empiezo el lunes.” “Este verano me pongo en forma.” “Cuando pasen las fiestas, retomo.” La salud tratada como un evento periódico, no como una práctica continua. Y el problema no es la falta de voluntad sino que se piensa en un horizonte de tiempo equivocado.

Después de cruzar la meta

Cuando el domingo cruce la meta, si es que logro hacerlo en un tiempo digno para mis posibilidades, mi edad y la forma en que me entrené, será un gran momento, de esos que uno luego atesora en unas cuantas fotos, una medalla y alguna anécdota que valga la pena contar. Pero lejos de ser el final de un proceso, es el inicio de lo que viene, es un test de cómo estoy para enfrentar lo que viene, es un piso sobre el que pretendo impulsarme para seguir entrenando. Si bien existen ciclos de más y menos exigencia, la preparación física es una constante para mí, no tiene principio ni fin, porque sé que la carrera más importante es la que tiene el recorrido más largo de todos: desde hoy hasta el último día en que me pueda mover.

Siempre te pregunto, y cada tanto vuelvo a hacerlo para recordarte lo importante que resulta: ¿qué te gustaría poder hacer a los 80? Suena simple, pero no lo es. Si la respondés en serio, lo que viene empieza a reestructurar todo lo que hacés hoy. Yo tengo mi respuesta: quiero seguir corriendo aunque sea 10 kilómetros. Quiero cargar mi mochila y caminar tres horas sin que las rodillas me lo impidan. Quiero poder sentarme en el piso y levantarme sin ayuda. Quiero tener energía suficiente para estar presente con las personas que me importan. Y fundamentalmente quiero mantener mi propia autonomía, ser capaz de hacer lo que quiera y decidir mi camino sin necesidad de ayuda, de asistencia.

Esas respuestas que puedas darte son muy personales y no son objetivos de preparación física. Son objetivos de vida. Y una vez que los tenés claros, el camino hacia atrás se dibuja solo. Para correr a los 80 con salud, necesito masa muscular suficiente y articulaciones en condiciones. Para tener eso a los 80, necesito construirlo durante los 70, los 65, los 60, cada día. La construcción empieza ahora, no cuando “tenga más tiempo” o “me sienta más motivado”. Y otro detalle importante: cuando más lo vas a necesitar ya será demasiado tarde para empezar. Esto es lo que los especialistas en comportamiento llaman planificación retrospectiva con ancla de largo plazo: definir primero el estado futuro deseado y trazar desde ahí las acciones presentes que lo hacen posible. Es lo opuesto a improvisar.

La diferencia entre una meta y un sistema

Hay una distinción que cambió cómo pienso sobre la salud, y que tiene respaldo científico sólido. Una meta es un resultado específico: pesar 65 kilos, correr 5 km, hacer 10 flexiones. Un sistema es un proceso: entrenar tres veces por semana, caminar 30 minutos cada día, hacer fuerza los martes y jueves. La investigación sobre adherencia a largo plazo en ejercicio muestra algo consistente: las personas que se orientan por procesos mantienen el comportamiento más tiempo que las que se orientan por resultados. La razón es lógica: cuando alcanzás una meta, el comportamiento que la produjo ya no tiene razón de ser. Llegaste. ¿Y ahora?

Hay además una diferencia en el tipo de motivación. La motivación extrínseca, verse bien para el verano, bajar de peso para una boda, impresionar a alguien, funciona mientras el estímulo externo existe. Cuando desaparece, la motivación lo hace con él. La motivación intrínseca, sentirse capaz, ganar autonomía, experimentar progreso real, se autoalimenta y no se agota. No necesita un evento externo para sostenerse. Ryan y Deci, los psicólogos que desarrollaron la teoría de la autodeterminación, llevan cuatro décadas documentando esta diferencia y sus consecuencias sobre el comportamiento a largo plazo.

La psicología del comportamiento también ofrece una herramienta concreta: las intenciones de implementación, desarrolladas por el investigador Peter Gollwitzer. En lugar de solo decir “voy a hacer más ejercicio”, el formato es: “Cuando [situación], voy a hacer [comportamiento].” “Los martes después del trabajo, voy a hacer 30 minutos de fuerza en casa.” Parece trivial. No lo es: la especificidad temporal y situacional multiplica por dos o tres la probabilidad de que el comportamiento ocurra, según los meta-análisis del propio Gollwitzer.

El plan a mediano plazo: pensar en trimestres

Un plan de largo plazo no es un calendario de ejercicios para los próximos cinco años. Es una arquitectura de intenciones con checkpoints. La forma en que yo lo pienso: el año dividido en cuatro trimestres, cada uno con un foco distinto.

 

  • Primer trimestre: construir la base. No intensidad, sino consistencia. El objetivo no es hacer mucho sino hacer siempre. Al menos tres sesiones por semana, aunque sean 40 minutos. La consistencia en este período vale más que cualquier programa sofisticado.

  • Segundo trimestre: agregar una capa. Una vez que la base está, sumar algo nuevo: más volumen, más intensidad, o una modalidad que le falte al entrenamiento actual (fuerza si sólo hacías trote, movilidad si solo hacías fuerza).

  • Tercer trimestre: mantener con variación. No es lo mismo que “no cambiar nada”. La variación dentro de una práctica sostenida previene el estancamiento y el aburrimiento. Un desafío puntual, una rutina diferente, un objetivo corto que sirva de estímulo sin convertirse en el destino.

  • Cuarto trimestre: evaluar y ajustar. ¿Qué funcionó? ¿Qué no? ¿Qué querés mantener el año siguiente? Esta revisión no es opcional sino que es parte del plan.

Lo que importa no es seguir este esquema al pie de la letra. Lo que importa es tener un sistema. Improvisar en el corto plazo y planificar en el largo no son contradictorios: son complementarios.

La paciencia como estrategia

Quiero decir algo que pocas veces se dice con claridad: los cambios que más importan para la calidad de vida a largo plazo se construyen en años, no en semanas. La densidad ósea, la masa muscular funcional, la capacidad cardiovascular real, la salud articular, son todos activos que se acumulan lentamente. Y se deterioran lentamente si no se trabajan. El problema es que los primeros meses de cualquier práctica producen cambios visibles: la balanza se mueve, la ropa queda distinta, te sentís con más energía. Eso es real, pero son solo los primeros ladrillos de un edificio que lleva años construir.

Los estudios de seguimiento a largo plazo son contundentes. Una revisión publicada en The Lancet que siguió a más de 400 mil personas mostró que 15 minutos diarios de actividad física moderada reducen la mortalidad por todas las causas en un 14% y extienden la expectativa de vida en 3 años. Y el beneficio se acumula: cada 10 minutos adicionales de ejercicio diario reducen la mortalidad otro 4%. El tiempo importa. La acumulación importa. La paciencia es la estrategia principal, quien entiende esto deja de pensar en la balanza de cada día y empieza a medir en cómo se siente a los 12 meses, a los tres años, a los cinco.

El segundo mejor momento

Hay un proverbio chino que dice: “El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es hoy.” Pensé en ese proverbio muchas veces cuando hablo con personas que llegaron a los 50, 55, 60 años sin haber construido hábitos sólidos de movimiento. Que sienten que es tarde. Que el daño ya está hecho. Que para qué empezar ahora. ¿Sabés para qué? Para que dentro de 10 años tengas 10 años de práctica encima. Para que a los 80 puedas hacer lo que imaginaste que querías hacer. Para que el árbol que plantes hoy dé sombra cuando la necesites.

No importa cuántos ciclos de arranque y abandono tenés en el historial. Lo que importa es si podés empezar a pensar en tu cuerpo y tu salud como algo que se construye durante años. El plan no comienza cuando tenés ganas. Comienza cuando decidís que vas a tener un plan.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio