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Volver a empezar

¿Cuántas veces arrancaste algo con toda la energía del mundo y después lo dejaste? ¿Cuántas veces te prometiste que esta vez sí, que ahora va en serio, y a las pocas semanas —o días— te encontraste haciendo exactamente lo contrario de lo que habías planeado? Si la respuesta es “muchas”, te cuento que estás en muy buena compañía. Yo mismo, que me paso las semanas escribiendo sobre constancia, hábitos saludables y longevidad activa, desaparecí durante varias semanas sin previo aviso. Así, sin más. Y hoy estoy acá, del otro lado de ese silencio, escribiendo estas líneas con la misma determinación que seguramente conocés.

No voy a darte excusas. Hubo razones, claro: algunas válidas, otras que en el fondo eran simplemente resistencias, desgaste, necesidad de refrescar ideas. Pero lo cierto es que interrumpí algo que me importa, algo que —creo— también les importa a muchos de ustedes. Y ahora estoy volviendo. No porque tenga todo resuelto ni porque haya encontrado la fórmula mágica para no volver a dudar. Vuelvo porque entendí que volver a empezar es, quizás, la habilidad más importante que podemos cultivar.

La trampa de la perfección

Vivimos rodeados de mensajes que nos exigen consistencia perfecta. Los algoritmos premian a quienes publican todos los días, las apps de hábitos nos castigan cuando rompemos las rachas, los gurúes del desarrollo personal nos venden la idea de que un solo día de flaqueza puede arruinar todo el progreso. Y nosotros, que somos humanos de carne y hueso, con cuerpos cansados, mentes dispersas y vidas complicadas, terminamos sintiéndonos fracasados cada vez que no cumplimos con ese estándar imposible. Parece inalcanzable.

 

Pero la ciencia cuenta otra historia. Las investigaciones sobre cambio de hábitos muestran que lo que realmente predice el éxito a largo plazo no es la consistencia perfecta, sino la capacidad de retomar después de cada interrupción. En otras palabras: no importa tanto cuántas veces te caés, sino cuántas veces te levantás. El psicólogo Anders Ericsson, famoso por sus estudios sobre el rendimiento experto, descubrió que lo que descarrila a la mayoría de las personas no es la falta de talento innato, sino que se rinden ante los primeros fracasos o el desaliento externo. Los que alcanzan la excelencia no son los que nunca fallan —todos fallan—, sino los que no abandonan cuando las cosas se ponen difíciles.

 

Hay una excusa muy popular para los que atravesamos el verano: las fiestas, las vacaciones. Momentos necesarios de celebración, de relajo, de cambiar de aire, que no sólo no restan a nuestro bienestar: son esenciales. No importa lo que hagamos entre Navidad y Año Nuevo: lo que nos cambia es lo que hacemos entre Año Nuevo y Navidad. La clave es el promedio, es lo que acumulen nuestras acciones a lo largo del año. Hay un concepto que me gusta especialmente: el de la “próxima acción”. No tenés que recuperar todo lo perdido de un día para el otro. No tenés que compensar las semanas de silencio con un esfuerzo titánico. Solo tenés que dar el próximo paso. Uno. El que puedas dar hoy, con lo que tenés, desde donde estás.

El músculo que no se entrena

En este proyecto venimos hablando mucho sobre fuerza muscular, sobre cómo el entrenamiento físico nos prepara para una longevidad activa y autónoma. Pero hay otro músculo que también necesita entrenamiento: el de volver a empezar. Cada vez que retomás algo que abandonaste —sea el ejercicio, la alimentación, la escritura, lo que sea—, estás fortaleciendo una capacidad fundamental. Estás demostrándole a tu cerebro que las interrupciones no son finales, que los tropiezos son parte del camino, que la historia no termina cuando dejás de aparecer.


Este músculo se atrofia si no lo usás y el aprendizaje en ese caso es el opuesto: tu cerebro aprende que te rendís siempre. Conozco gente que dejó de hacer ejercicio hace años y ya ni siquiera se plantea volver porque “total, ya fue”. Conozco personas que abandonaron proyectos, relaciones, sueños, y se convencieron de que era demasiado tarde para retomarlos. Pero también sé de gente de 50, 60, 70 años que un día decidieron que no era tarde, que todavía podían, que valía la pena intentarlo. Y ahí están, más fuertes que antes, no a pesar de sus interrupciones sino gracias a lo que aprendieron al atravesarlas.

Por qué nos detenemos

No me interesa romantizar las pausas. A veces paramos por buenas razones: el cuerpo necesita descanso, la vida nos demanda atención en otros frentes, hay momentos en los que soltar es más sabio que aferrarse. Pero otras veces paramos por razones menos nobles: el miedo, la pereza, esas voces internas que nos dicen que no somos suficientes, que para qué seguir, que a nadie le importa.

 

Reconocer la diferencia es clave. No es lo mismo una pausa consciente que una huida disfrazada de pausa. En mi caso, hubo un poco de ambas cosas. Y está bien admitirlo. La honestidad con uno mismo no es un lujo espiritual, es una herramienta práctica: sólo cuando entendés por qué paraste podés decidir cómo querés volver. Lo que sí puedo decirte es que la culpa no sirve para nada. La culpa es una emoción que mira hacia atrás, que te juzga, que te clava en lo que no hiciste, que te roba la energía que necesitás para el próximo paso. Dala de baja. No le debés explicaciones a nadie, ni siquiera a vos mismo. Lo único que importa es qué vas a hacer ahora.

Una invitación

Este Newsletter siempre fue un espacio de compañía. Desde el primer envío en junio de 2024, la idea fue caminar juntos hacia una longevidad más fuerte, más consciente, más libre. Nunca pretendí ser un gurú ni tener todas las respuestas. Soy alguien que está en el mismo camino, que tropieza con las mismas piedras, que a veces avanza y a veces retrocede.

 

Por eso hoy te propongo algo: si vos también paraste algo que te importa —el ejercicio, un proyecto, una relación, un hábito que sabés que te hace bien—, usá este momento para volver. No mañana. No el lunes. Ahora. Un paso, uno solo. El que puedas. Sin culpa, sin vergüenza, sin necesidad de compensar nada. Es sólo volver.

 

Porque resulta que volver a empezar no es un fracaso. Es, probablemente, lo más humano y lo más valiente que podemos hacer. Las estadísticas dicen que la mayoría de las personas que abandonan un hábito nunca lo retoma. Pero vos no tenés por qué ser parte de esa estadística. Podés ser parte de quienes vuelven. De quienes se caen diez veces y se levantan once.

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