Hace 50 años el futuro era otra cosa. Solía ser una promesa de bienestar, una zanahoria (¿una “utopía”?, ¿será que alguna vez existió esa palabra?), que algún día alcanzaríamos y nos proveería de toda clase de soluciones. O si no, directamente un lejano mundo de flotas espaciales en guerras intergalácticas. Pasaron los años y de a poco nos acostumbramos a relatos más cercanos y distópicos, desde la serie “Black Mirror” , siete temporadas desde 2011 al presente, a la película “Her” (2013), o miniseries como “Years & years” (2019), aquellos relatos imaginados hace poco más de una década se emparentan bastante con nuestras vivencias actuales. Ya no hay vuelos espaciales y la distopía viene en general asociada a un pequeño detalle tecnológico que cambia mucho nuestra vida cotidiana y nuestro entorno. El futuro se convirtió de a poco en una oscura sombra que se nos acerca en forma de desempleo masivo, catástrofe climática y sociedades completamente desmembradas en millones de individuos aislados, perplejos en su necesidad de seguir consumiendo. En paralelo, los medios de comunicación multiplican estos mensajes, ya se sabe que la tragedia tiene audiencia. Los pronósticos de un futuro oscuro a veces se parecen a los del clima: se habla mucho de la tormenta que vendrá en dos días, que llegará mañana, que se desplomará esta tarde… y cuando por fin se larga, es una lluvia más, como cualquier otra. Pero mientras tanto, hablamos sin parar de la lluvia.
Neo y Bernt Bornich, CEO de 1X Tech, la compañía creadora del robot hogareño
El futuro está más presente que nunca, vivimos en un mundo que se autopostula como en permanente revolución tecnológica y las novedades ya no se anuncian cada diez años sino cada diez días. Es realmente imposible predecir cómo impactarán estas transformaciones, sin duda es clave ser conscientes de la ola no humana que se nos viene y pensar qué rol queremos jugar en ese escenario. Porque en muchos casos, es muy probable que se pretenda de nosotros que no seamos ni protagonistas ni víctimas, tal vez apenas sólo se espera que seamos simples espectadores pasivos de una realidad que se nos cuenta con storytelling de Netflix. Sólo esperan que sigamos hablando, comentando igual que de la lluvia, jamás tomando las riendas para decidir, para pensar qué queremos hacer.
En las últimas semanas se difundieron los lanzamientos de dos grandes compañías relacionadas con robots hogareños: Neo, de la empresa nórdica 1X Tech; y Memo, de Sunday, surgida de Silicon Valley en California. Ambos productos ofrecen románticamente un robot que se encarga de todos los quehaceres de la casa, limpia, ordena, encuentra objetos perdidos y sabe acompañar, incluso a adultos mayores a quienes, por ejemplo, les da la medicación que necesitan. En los videos con los que los difunden muestran lo útiles, eficaces y discretos que resultan, y a la vez cómo resultan muy hábiles para conocernos y cuidarnos. Si todavía no lo hiciste, te pido que hagas click en los links de Neo y Memo y veas lo que te estoy contando, el futuro que esos robots nos ofrecen.
¿Quién sueña con ese futuro? ¿Quién diablos quiere comprarse un robot de 20 mil dólares para que le lave los platos? Primero es necesario aclarar que ambos spots se lanzaron ofreciendo algo que todavía no tienen: es mentira lo que se ve, ninguna de las dos compañías tiene disponibles robots capaces de hacer todo eso: se trata de proyectos aún en desarrollo, en estado prematuro, que ofrecen prevender robots para que puedan entregarse, tal vez, en algún momento de 2026. Pero además, en caso de ser parte de este segmento inicial del proyecto, los robots claramente todavía estarán pasando por un período importante de entrenamiento, por lo que se espera que cometan errores y su funcionamiento esté lejos, tal vez muy lejos, del que se ve en las publicidades.
Quizás sólo esperan que hablemos de ellos y el negocio venga por otro lado. Pero más allá del hecho de que venden algo que no tienen, de nuevo: ¿qué futuro es ese que nos ofrecen? ¿Niños caprichosos desordenando toda la casa con madres y padres complacientes que esperan sentados que el robot les alcance una taza de café? Un mundo de fantasía en colores pastel con un hermoso jardín y paredes vidriadas: ¿cuánta gente vive así? ¿Robots para qué clase de personas, para qué vidas? Y encima, hay que agregar otro dato: tener un robot así en tu casa implica meter las cámaras que el dispositivo trae consigo para ser monitoreado a distancia, nuestra vida privada disponible en pantalla gigante. Y todo, absolutamente todo ,sin movernos del sillón, ¿lo notaste? Lo primero que veo en ese futuro Black Mirror es sedentarismo, autoindulgencia, incapacidad de resolver problemas simples. Es también incomunicación, más aislamiento y más predisposición al consumo. ¿Cómo se verá ese mundo, más allá del hermoso jardín que aparece tras la ventana vidriada? ¿Habrá alguien más allá? ¿Será que es sólo un decorado, una escenografía? No se oye nada.
No se trata de vivir tecnológicamente en 1800, sin electricidad ni agua potable: la increíble capacidad de las personas de desarrollar ciencia y tecnología es parte de nuestra esencia, somos esto: fuimos capaces de ir y volver a la Luna. Pero también se hicieron muchas más películas y libros sobre astronautas que vuelos espaciales. Nos pasamos de rosca con el relato de lo que somos y lo que vamos a ser, y dejamos de lado el aquí y ahora. Si alguna vez llega a existir ese robot que te alcanza la pastilla, ojalá sea para que tengas más tiempo y energía para salir a la plaza, hablar con un amigo o hacer tus ejercicios, no para quedarte mirando la vida desde el sillón y convertirte en un mueble más de la casa. Y mientras tanto, de nuevo: la clave es actuar en el aquí y ahora. El presente, este presente, es el único escenario en el que podemos hacer algo con respecto a ese futuro que tal vez algún día llegue. Lo demás es Netflix.